Blogia
TRIUNFO

FALACIAS.

FALACIAS. Los diversos modos de discurrir mal, se llaman SOFISMAS, SOFISTERIAS o FALACIAS.



Las causas de los errores.

1. Abandono de la racionalidad.

2. No discutir la cuestión en litigio.

3. No respaldar lo que se afirma.

4. Olvidos y confusiones.



















En las polémicas ocurre como en la medicina: nadie per­sigue los errores, sino los malos resultados.








Definición.



Los argumentos sirven, como sabemos, para sostener la verdad (verosimilitud, con­veniencia) de una conclusión. Con frecuencia, sin embar­go, los construimos mal, con lo que su finalidad no se alcan­za. También con frecuencia, empleamos argumentos aparentes con el fin de engañar, distraer al adversario o des­calificarlo. A todas las formas de argumentación que encierran errores o per­siguen fines espurios, los llamamos falacias. El término procede del latín fallatia, que sig­nifica engaño, y lo empleamos como sinónimo de sofisma, palabra que acuñaron los griegos para designar el argumento en­gañoso.



Ya se ve que la terminología es imprecisa porque mezcla errores de razonamiento (por ejemplo una generalización precipitada), con maniobras extra-argumentales (por ejemplo un ataque personal), e incluye también los falsos argumentos que se emplean con la inten­ción de en­gañar o desviar la atención (por ejemplo la falacia ad ignorantiam, la pista falsa o las apelaciones emocionales). Todos tienen una cosa en común: adop­tan la apariencia de un ar­gumento e in­ducen a aceptar una proposición que no está debidamente jus­tificada. Unas veces nos engaña nuestro juicio y otras las mañas de nuestro interlocutor.



Ocurre con las falacias como con los dioses del panteón greco-romano: son tantas y con parentescos tan embrollados que cualquier intento de clasificación resulta inútil. Desde que Aristóteles redactara sus Refutaciones Sofísticas hasta hoy, no han aparecido dos libros sobre esta materia que recogieran el mismo or­denamiento. Es mucho más fácil clasificar insec­tos porque plantean menos problemas con­cep­tuales y están mejor definidos. Los fallos ar­gumentales, por el contrario, son es­curridizos y ubicuos: un mis­mo error puede constituir varios sofismas a la vez. Aquí no vamos ni siquiera a esbozar una clasificación. Nos limitaremos a ex­poner las falacias más frecuentes en orden al­fabético para facilitar su consulta.





a. De dónde proceden nuestros escasos errores y los infinitos de los oponentes.



Las falacias con que tropezamos habitualmente se pueden atribuir a cuatro fuentes o tipos de error, de los que derivan todas:



1. Abandonar la racionalidad.

2. Eludir la cuestión en litigio.

3. No respaldar lo que se afirma.

4. Olvidos y confusiones.





1. El abandono de la racionalidad.



Se produce de varias maneras:



- cuando nos negamos escuchar argumentos que pudieran obligarnos a modificar una opinión que estimamos irrenun­ciable, es decir, cuando no es­tamos dispuestos a ser convencidos. Así ocurre, por ejemplo en la Falacia ad baculum y en la Falacia ad verecundiam.



- cuando disfrazamos la realidad con triquiñuelas como la Ambigüedad o las Preguntas múltiples.



- cuando tomamos la exigencia de prueba como una cuestión personal y respondemos desviando la cuestión con un Ataque personal, o una Pista falsa.





2. No discutir la cuestión en litigio.



Lo más importante en cualquier dis­cusión es saber de qué se discute. Son muy frecuentes los errores motivados por­que se abandona (o per­mitimos que se abandone) la cuestión para introducir otro debate. Cuando esto sucede decimos que se incurre en una falacia de Eludir la cuestión. Se trata de una maniobra que caracteriza el Ataque personal, la falacia casuística, la Pista falsa y las apelaciones emocionales del Sofisma patético.





3. No respaldar lo que se afirma.



Quien sostiene una afirmación contrae dos obligaciones: no eludir la car­ga de la prueba y apor­tar razones suficientes. Se incurre en ar­gumen­tación falaz tanto cuando no se sostiene lo que se afirma (falacias del Non sequitur, la Afirmación gratuita, o la Petición de principio), como cuando se traslada la carga de la prueba, que es el caso de la falacia ad ignorantiam.





4. Olvidos y confusiones.



Aquí se agrupan los fallos propiamente lógicos, aquellos en que olvidamos alternativas o con­fundimos conceptos. Si un jugador de ajedrez responde siempre con el primer movimiento que le viene a la cabeza, cometerá errores sin número por olvido de alter­nativas. Del mismo modo, si confunde un gambito con el en­roque, tam­poco llegará muy lejos.



El Olvido de alternativas es la madre de numerosas falacias y se da con muchísima frecuencia, por ejemplo en las generalizaciones y disyunciones.



La confusión de conceptos es otra madre de falacias y deriva de nuestros errores al diferenciar ideas como esencia y accidente, regla y excepción, todo y parte, ab­soluto y relativo, continuo y cambio, de lo que surgen las falacias del Accidente, del Secundum quid, de Composición, y del Continuum.





b. El ataque a la falacia.



Nos pasa con los sofismas lo que con los juegos de manos: aunque sabemos que hay un truco no podemos explicarlo. Cada sofisma, como veremos, requiere una respuesta peculiar, pero se pueden señalar al­gunas sugerencias generales.



1º. La mejor forma de combatir un mal argumento es dejar que se hunda solo. Para ello lo más sencillo es reconstruirlo en su forma están­dar, con lo que sobresaldrán sus contradic­ciones o sus carencias.



2º. Lo peor que se puede hacer es emplear la palabra falacia o agitar latinajos. A nadie le gusta que le acusen de falaz. Es un tér­mino cuasi insul­tante que tal vez suscite algún arrepen­timiento contrito pero que, general­mente, provoca un contraataque feroz e irracional que puede hundir el debate. Existen vías más sutiles para infor­mar a los contrincantes de que han resbalado en su razonamiento. No merece la pena malgastar tiempo en una descripción téc­nica del error que, como los latines, no entenderá nadie. Es mejor limitarse a señalar el fallo en las premisas, la conclusión o la inferencia.



3º. Siempre son muy eficaces los ejemplos, especialmente cuando son absur­dos. Aquí hemos procurado facilitar una abundantísima munición que se puede utilizar como está o inspirarse en ella para fabricar otros.



4º. Con mucha frecuencia un mismo error puede ser clasificado en diversos modelos de falacias. Determinado ataque personal, por ejemplo, pudiera considerarse como falacia ad hominem, ad con­secuentiam, ad verecundiam, ad populum, pista falsa, sofisma patético o apelación al tu quoque. No tendría sentido enumerarlas. Lo más eficaz es limitarse a denunciar aquélla que parezca más flagrante, esto es, más comprensible para la audiencia.



No recogemos todos los errores imaginables sino los que, por su frecuen­cia, han recibido un nombre, a veces en latín (prueba de su abolengo). No es preciso que uno se los aprenda. Lo importante es diferenciar los errores, aunque hemos de reconocer que las eti­quetas ayudan a dis­tinguir, comprender y, sobre todo, a conservar la memoria de las cosas.



(c) Ricardo García Damborenea.

0 comentarios