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TRIUNFO

Falacia del ATAQUE PERSONAL.

Falacia del ATAQUE PERSONAL. Grupo de falacias que desvían la atención del asunto que se discute hacia la persona del adver­sario o sus cir­cunstancias.



Cuando se trata, como es habitual, de sostener afirmaciones in­demostra­bles o decisiones basadas en conjeturas, cobra extraordinario valor per­suasivo el pres­tigio de la persona que da el consejo o hace la propuesta. En los casos dudosos (es decir, en la mayoría), concedemos la razón con más facilidad a aquellos en quienes confiamos, sean médicos, asesores fis­cales, fabricantes de quesitos en porciones, o políticos. Más del 50% de la per­suasión nace de la con­fianza que inspire el consejero.



Un razonamiento que procede de gente sin fama y el mis­mo, pero que viene de gente famosa, no tienen igual fuerza.[1]



Ahí radica la fortaleza de un político, pero también su punto vul­nerable. La difamación es tan frecuente en la vida pública por­que los políticos compren­den instintivamente la necesidad de ar­ruinar el crédito moral de sus adversa­rios. En un dirigente sin pres­tigio los argumentos parecerán argucias, las emociones farsa, y la sin­ceridad, hipocresía. De aquí procede un componente inevitable de la acción política: la batalla por la imagen propia y el desprestigio de la ajena que, a veces, convierte las locuciones públicas en simples variaciones de un único mensaje sustan­cial: yo propongo lo más justo y mi oponente es un felón.



Hay dos argumentos falaces o pseudoargumentos que atacan direc­tamente al adversario: la Falacia ad hominem y la Falacia del Muñeco de paja. Son pseudoar­gumen­tos porque nin­guno refuta las afir­maciones del contrincan­te. El primero se limita a descalificarlo como per­sona y el segundo forja un oponente imaginario fácil de tumbar. Son tam­bién, como se ve, ejemplos de la Elusión de la carga de la prueba.











(c) Ricardo García Damborenea.


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[1] Eurípides: Hécuba.

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