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TRIUNFO

Los TOTALITARISMOS políticos.

Los TOTALITARISMOS políticos.

CONCEPTO DE TOTALITARISMO.

Se designa como totalitarismo una concepción política compleja, que históricamente configura un movimiento cuyo sentido principal es el de contraponerse a la concepción liberal del sistema republicano y representativo de organización del Estado y del Gobierno de las naciones; y de sus principios básicos, como el de separación de poderes.

Es frecuente que - sobre todo desde fuentes marxistas - se utilice el término fascismo como equivalente al totalitarismo; especialmente para tratar de identificar todos los regímenes totalitarios con las concepciones políticas e ideológicas opuestas al comunismo y sus sistemas políticos derivados.

Sin embargo, el fascismo constituyó una forma histórica específica de gobierno totalitario, que rigió en Italia entre 1922 y 1945, por lo cual no constituye un género ni un sistema, sino que es una especie particular dentro del grupo de concepciones y sistemas totalitarios de ideologías y de gobierno. Por ello, no es apropiado aplicar ese término para referirse genéricamente a los sistemas totalitarios ni a todas las posiciones políticas contrarias al marxismo o al comunismo.

DIFERENCIA ENTRE TOTALITARISMO Y ABSOLUTISMO.

Aunque el sistema totalitario contiene algunos elementos comunes con el sistema de gobierno del absolutismo monárquico, se distingue claramente de él:

No pretende tener un fundamento que le atribuya legitimación, como podría ser la sucesión hereditaria en el trono. Al contrario, cuando no accede al poder por medios violentos, igualmente ataca y sustituye prontamente las instituciones legítimas, invocando sus objetivos revolucionarios.

Está estrechamente ligado a una concepción ideológica, que le antecede o que es construida luego de su instalación; que le provee un justificativo y un conjunto de objetivos.

Cuando se establece efectivamente como sistema de gobierno, se presenta con caracteres revolucionarios; en algunos casos accediendo al poder por procedimientos violentos, en otros por culminación de un proceso electoral pero con fuertes agitaciones políticas y anuncios de cambios drásticos en la sociedad.

No tiene una estructura institucional que incluya un sistema de sucesión.

CARACTERES GENERALES DE LOS SISTEMAS TOTALITARIOS.

Los sistemas totalitarios han tenido una proceso muy dinámico y muy variado en su configuración. Generalmente, han comenzado por la instalación de un grupo político en el gobierno; sin tener una concepción plenamente definida de la estructura orgánica del sistema de autoridades. Por lo común, estos regímenes han logrado alcanzar el poder aprovechando circunstancias políticas, sociales y económicas; en las cuales las tensiones resultantes han conducido a un desprestigio del sistema de autoridades existente, y a extendidos descontentos y sentimientos de frustración de amplios sectores de la sociedad.

En cuanto al sustento ideológico, en algunos casos ha sido ampliamente elaborado en forma previa a su establecimiento real - caso del marxismo - en otros ha consistido en un conjunto de conceptos relativamente generales y fundamentalmente emocionales - caso del nazismo alemán - y en otros ha sido casi totalmente elaborado luego de haberse establecido en el gobierno, como el fascismo italiano.

La caracterización de un sistema de gobierno totalitario no se produce, generalmente, en forma completa desde el comienzo de su instalación; sino que, respondiendo a una concepción ideológica que presupone una gran alteración de importantes componentes de la sociedad - que normalmente despierta importantes resistencias - va desenvolviéndose con cierta gradualidad, por lo cual no siempre ha llegado a alcanzar una evolución completa hacia sus rasgos finales.

Del mismo modo, no todas las ideologías totalitarias han contenido concepciones tan extremas como aquellas que sustentara el régimen nazi de Alemania; pero de todos modos, un sistema de gobierno o una concepción política es totalitario en cuanto tenga aquellos componentes típicos que lo definen.

PRINCIPALES ELEMENTOS DE LOS SISTEMAS TOTALITARIOS.

A pesar de las numerosas variantes y matices existentes en los sistemas de gobierno totalitario que han tenido existencia histórica, existen ciertos elementos comunes y característicos.

La concepción totalitaria del Estado. En contraposición con la concepción republicana y liberal, en la cual el Estado es considerado una organización esencialmente al servicio de las personas que componen la sociedad - tanto en sentido individual como respecto de sus organizaciones esenciales, como la familia o las asociaciones establecidas libremente para fines legítimos - la concepción totalitaria presupone que el Estado posee fines y objetivos propios, que se superponen siempre a los individuos que integran la sociedad.

En este sentido, se distinguen las concepciones totalitarias del Estado, en función de sus fines transpersonalistas en contraposición con las finalidades personalistas que son las propias de los Estados liberales republicanos.

La existencia de un partido único. Esta característica es una de aquellas que no siempre se presenta en forma plena; dado que frecuentemente, el gobierno de orientación totalitaria se implanta en un Estado donde previamente existía un régimen republicano - o por lo menos monárquico parlamentario - en el cual existía pluralidad de partidos políticos.

Un componente táctico muy frecuente, en el proceso de ascenso hacia el poder, es la utilización de “alianzas” con diverso tipo de organizaciones partidarias o sociales; cuando el proceso seguido para procurar obtener el poder se ejecuta en el marco de un sistema electoral. Del mismo modo, cuando el conglomerado político resultante logra éxito e ingresa al Gobierno, el movimiento totalitario procura obtener cargos en aquellos departamentos más directamente dotados de capacidad coactiva, tales como los Ministerios con competencia sobre las fuerzas armadas y policiales; cumpliendo allí una acción dirigida a asegurarse la lealtad política de esas organizaciones.

De todos modos, el gobierno totalitario apunta al predominio absoluto del partido que es su instrumento de dominio político; suscitando todo tipo de restricciones - primero de hecho y ulteriormente jurídicas - a la acción de los otros partidos, y culminando en su eliminación cuando han logrado consolidarse firmemente en el poder.

El encuadramiento político general. A través de la estructura del partido político, se procede a una creciente exigencia de que todas las personas manifiesten su adhesión al régimen, y en consecuencia se afilien al partido, participen activamente en sus organizaciones y acciones, asistan a comités y otras estructuras, reciban adoctrinamiento, demuestren militancia. Al mismo tiempo, a medida que el régimen se consolida, cada vez más se excluye a quienes no asumen ese comportamiento de todo tipo de posibilidades de trabajo, de disponibilidad de elementos vitales, y se propicia su repudio social; o directamente su persecución y privación de libertad, e incluso el genocidio.

La identificación de un enemigo social. La ideología totalitaria presupone una concepción de confrontación de un agrupamiento de la sociedad - clase, raza, nacionalidad - que se identifica con el Estado y con la parte valorable de la sociedad; y por otra parte, uno o más grupos de similar cualidad, a que se asigna una condición despreciable y se atribuye la culpabilidad de las situaciones de insatisfacción o frustración que afectan a la primera.

En ciertos casos, el “enemigo” lo constituye, además de un grupo social interior, un país extranjero - caso de Cuba respecto de los Estados Unidos - o una situación que afecta negativamente al país - como el Tratado de Versalles respecto del III Reich hitleriano.

La masificación de las acciones políticas y de los intereses sociales. El componente transpersonalista de las concepciones totalitarias, se trasunta en la inserción de las individualidades en estructuras masivas a la vez denominadas con términos que implican tanto la universalidad de ellas como la exclusión de otros componentes de la sociedad: utilizando expresiones tales como “el pueblo” “la gente” “los trabajadores” y similares.

La masificación se expresa, principalmente, en grandes concentraciones humanas, en las cuales se utilizan los fenómenos característicos del comportamiento de las multitudes, tales como los cánticos, la expresión de consignas, la utilización de grandes estandartes, banderas y simbología o “logotipos” - como la cruz gamada nazi o la hoz y el martillo, y la estrella de cinco puntas del comunismo - así como enormes retratos del líder.

En los casos más notables, como los actos realizados por los nazis en Nürenberg, se integraba una escenografía especial, utilizando lugares especialmente adecuados o que habían sido construídos al efecto y un gran despliegue de elementos visuales. El despliegue de esos elementos de gran tamaño, y el griterío organizado, contribuye a empequeñecer al individuo, concurriendo a sumir su individualidad y voluntad en la docilidad y el automatismo de la masa.

La existencia de un conductor o líder carismático. El concepto alemán de la führung - del que deriva la designación de Führer dada a Hitler - fue la máxima elaboración de la idea de que al frente del movimiento político, del partido, del gobierno y del Estado, existe una individualidad que no solamente concita una general adhesión sino al cual se debe absoluto acatamiento. Un individuo que posee cualidades excepcionales de inteligencia e infalibilidad, verdadero genio que interpreta fielmente lo más trascendente y esencial de la sociedad política y del Estado; y que por lo tanto es el caudillo indiscutible cuyas decisiones de ninguna manera pueden ser juzgadas ni cuestionadas.

Del mismo modo, durante la etapa previa a alcanzar el poder, los movimientos políticos de índole totalitaria se sirven del mismo instrumento en sentido inverso, erigiendo una figura individual como el “antilíder”. Generalmente se trata de un personaje que ocupa una posición destacada en la estructura institucional del gobierno, sea el Rey o el Presidente; en el cual se personifica el origen de todos los componentes negativos o frustantes de la coyuntura económica y social, que son explotados para concitar la mayor adhesión hacia el movimiento; y al cual se atribuyen todas las cualidades negativas imaginables, tanto en el orden intelectual, como moral; y se hace blanco de todo tipo de insultos e invectivas.

Desde el punto de vista de la organización institucional, una vez establecido firmemente el régimen totalitario, la presencia del conductor presupone la existencia de un altísimo grado de centralización y verticalidad en el ejercicio del poder. Generalmente, al sistema institucional formal se adosa una organización de control político fuertemente ligada a la dirigencia y a cargo de un jefe de máxima confianza del líder, dotada de poderes ilimitados; cuyo cometido principal es vigilar la actuación de todos los agentes de la estructura de organización del gobierno a fin de asegurar su lealtad al régimen.

Desde un punto de vista político, si bien se establece una estructura partidaria a los fines del encuadramiento político de la población, se suscita un tipo de relacionamiento directo del líder con las grandes masas, desapareciendo casi totalmente el tipo de dirigente político intermedio. Por eso mismo, la relación política con el ciudadano individual se despersonaliza totalmente; convirtiéndose en una especie de mera pleitesía rendida al líder.

Ese vínculo directo del conductor con las masas, se procura - especialmente en las etapas previas a la toma del poder - mediante un programa demagógico, populista, pleno de todo tipo de objetivos contradictorios y utópicos; y mediante reiteradas invocaciones a los procedimientos de la llamada “democracia directa”, sosteniendo una frecuente prédica plebiscitaria que pretende desconocer la legitimidad de los representantes republicanos y de sus decisiones más importantes, lo cual contribuye al objetivo de desprestigiar las instituciones democráticas.

Una milicia política, originariamente presentada como un servicio de “seguridad” frente a las supuestas agresiones de “provocadores”, y rápidamente convertida en un instrumento de agresión e intimidación de todos los opositores o disidentes. Cuando el movimiento totalitario alcanza el poder, la organización se transforma o se incorpora a un servicio estatal, cuyos cometidos básicos son los de ejecutar las acciones violentas contra la oposición política, o el “enemigo” del régimen, y cumplir las funciones de policía política, especialmente aquellas de espionaje y detección de cualquier iniciativa opositora.

Un alto grado de intervencionismo y dirigismo económico. La finalidad ideológica de alterar radicalmente el sistema económico - como en el caso del marxismo - o de recuperar la prosperidad económica y llevar al Estado a la condición de gran potencia militar, implica necesariamente el establecimiento de una muy fuerte intervención sobre la economía. La situación económica e internacional, a menudo ha conducido a la búsqueda de una autarquía económica, por la vía de un total dominio de los factores productivos, y una estricta y centralizada planificación de la economía.

La estructuración de organizaciones sindicales verticalizadas es una consecuencia natural de la organización totalitaria; casi siempre siguiendo un modelo de tipo corporativo, en el cual cada categoría de actividad económica se encuentra estrictamente regulada hasta en sus mínimos detalles en cuanto a todos los aspectos del trabajo. Ciertas manifestaciones de la organización económica liberal, como las negociaciones colectivas libres y voluntarias o las huelgas, quedan necesariamente excluidas y constituyen actividades contrarias al interés del Estado.

Todas las expresiones culturales se condicionan a los fines del Estado y son intervenidas por éste, ya se trate de los cultos religiosos o las expresiones artísticas. Necesariamente, desaparecen o son enormemente restringidas las actividades del periodismo, se procede al dominio de todos los medios de comunicación masiva, se prohíbe todo tipo de actividad pública de carácter político disidente.

Las ideologías totalitarias desprecian la tradición racionalista, desconfiando de todo intento de análisis racional. Exaltan en cambio una filosofía estrictamente materialista, cultivan las motivaciones irracionales de la conducta, tales como el fanatismo político, racista o nacionalista; y recurren reiterativamente a la invocación de conceptos puramente emocionales - como la permanente alusión a la “solidaridad” - y la obediencia ciega a las consignas políticas partidarias.

En los regímenes más duramente totalitarios, como el del comunismo en la U.R.S.S. o del nazismo alemán, quedaban sujetos a la autoridad actividades tales como la elección del lugar de residencia, del desempeño de una profesión; o la selección de pareja, contraer matrimonio y procrear hijos.

Los sistemas de gobierno totalitario han dado origen a numerosas expresiones artísticas en la literatura y en el cine. Sin embargo, una obra considerada clásica en la presentación de la influencia del totalitarismo en la vida de las personas, es la novela “1984” de George Orwell, en la cual el conductor del régimen político imperante era conocido como “El Gran Hermano” (Big Brother).

SURGIMIENTO DE REGÍMENES TOTALITARIOS EN EL PERÍODO POSTERIOR A LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL.

El totalitarismo ha cumplido un proceso histórico fundamentalmente en el período comprendido entre la primera y la segunda guerra mundial, cuando se establecieron los sistemas políticos y de gobierno más característicos y de mayor intensidad en cuanto a su repercusión sobre las sociedades en que actuaron; que ulteriormente desaparecieron, ya sea porque los Estados en que existieron fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial o por procesos ulteriores de diversa índole.

Pero también han existido, y aún persisten, algunos sistemas políticos de fuertes componentes totalitarios, aunque no hayan llegado a los extremos de caracterizaron especialmente al nazismo alemán. En algunos casos, aunque han sido sustituidos por sistemas institucionales de tipo republicano, continúan conteniendo algunas estructuras sobrevivientes del régimen previo - como el sindicalismo corporativo o la supervivencia de organizaciones partidarias - que aún actualmente producen importantes efectos en su desenvolvimiento político e institucional.

Sin embargo, no solamente persisten las ideologías de corte totalitario que constituyen el núcleo fundamental de grupos y de partidos políticos actuales, en diversos países de lo que se denomina Occidente; sino que con diverso grado de intensidad en cuanto a sus componentes y en cuanto a sus efectos sobre las sociedades nacionales en que se hayan implantados, todavía subsisten sistemas de gobierno de clara índole totalitaria.

PRINCIPALES FACTORES DEL ESTABLECIMIENTO DE LOS SISTEMAS TOTALITARIOS.

Entre las causas que determinaron que este tipo de regímenes aparecieran precisamente en esta época, pueden mencionarse:

La fragilidad institucional. La Primer Guerra Mundial, que había comenzado en función de las ambiciones coloniales, fue convirtiéndose en un conflicto entre dos modelos de Estados; por un lado, los Imperios absolutistas de Alemania y Austria-Hungría o Turquía, y por otro los estados democráticos encabezados por los Estados Unidos, y los países de régimen parlamentario, Inglaterra y Francia.

Los nuevos países surgidos del Tratado de Versalles - como Checoslovaquia y Polonia - y otros que vieron destruidos sus regímenes monárquicos imperiales, adoptaron un sistema republicano, siguiendo el modelo de los vencedores; en base al sufragio universal y con Constituciones que establecían Gobiernos responsables ante el Parlamento.

Pero se trataba de países prácticamente sin tradición ni estructuras políticas adecuadas para hacer funcionar eficazmente ese tipo de organización institucional.

Así, en Alemania, cayó el Imperio y surgió la República de Weimar; estableciéndose un sistema parlamentarista, para el cual prácticamente no existía experiencia ni tradición.

La inestabilidad política. Los avatares de la guerra también afectaron severamente las estructuras políticas y de gobierno de los países del continente europeo.

En Francia, si bien en definitiva integró las potencias vencedoras, sobrevino un período de grandes inestabilidades políticas.

La falta de tradiciones partidarias estables, unida a la creciente presencia de corrientes políticas doctrinariamente opuestas al sistema social y económico, provocó una gran inestabilidad institucional. Las alianzas políticas, indispensables para mantener los Gobiernos, cambiaban frecuentemente y los Gobiernos eran sucesivamente derribados ante la falta de respaldo parlamentario.

La situación social y económica prevaleciente. La Primer Guerra Mundial significó no solamente una enorme pérdida de vidas humanas, y una gran destrucción de riqueza en términos de infraestructura (caminos, puentes, fábricas, viviendas); sino una total desarticulación de las economías, especialmente en los países europeos.

A las dificultades para la reinserción en la vida económica de los veteranos de la guerra que retornaban del frente, se agregó la falta de empleos resultante de la destrucción de las estructura productivas. En los países derrotados, se sufría la pérdida de buena parte de sus territorios económicamente más valiosos y la enorme carga de las reparaciones de guerra; pero los vencedores europeos también habían quedado fuertemente endeudados por los abastecimientos y armamentos recibidos de los EE.UU.

La economía había estado sujeta a un gran control estatal durante la guerra; pero la reconversión económica se tradujo en grandes dificultades monetarias y financieras. Se produjo un gran empuje inflacionario que se tradujo en una enorme elevación de los precios de los productos de consumo, los que se triplicaron en poco tiempo.

Por lo tanto, grandes masas de población tuvieron que vivir en condiciones sumamente carenciadas, escasas de alimentos, y faltas de toda perspectiva de mejoramiento.

La depresión económica generó importantes agitaciones políticas y sociales por parte de las tendencias políticas revolucionarias. Al desarrollo de esas corrientes apoyadas por la U.R.S.S. a través de la Internacional Comunista, se agregó la propensión de algunos partidos a participar con ellos en los llamados “frentes populares”, táctica de alianzas propiciadas por los comunistas y socialistas para tratar primero de alcanzar el poder en forma compartida, y luego ejercerlo exclusivamente en vista de sus propios fines políticos.

En 1919 y 1920, se produjeron en varios países importantes huelgas de ferroviarios, mineros, siderúrgicos; las que determinaron la intervención de las fuerzas policiales y militares. La creciente expansión de organizaciones sindicales dominadas por dirigentes de ideología socialista y comunista - que invocaban el modelo del sistema soviético de la U.R.S.S. - introdujo en las sociedades europeas una gran aprensión por la posibilidad de que se establecieran regímenes similares al imperante en Rusia; e inclinó a muchos sectores a apoyar a los movimientos fuertemente nacionalistas que proponían un Estado fuerte institucional y económicamente.

Eso propició la aparición de regímenes fuertemente autoritarios, sobre todo en aquellos países en que el sistema liberal parlamentario tenía poca tradición; los que fueron apoyados por los sectores que veían amenazada la seguridad de sus propiedades o los valores nacionales y religiosos tradicionales; así como por los sectores más intensamente nacionalistas. Es un hecho difícilmente negable que, al menos en sus primeros momentos, algunos de los regímenes totalitarios de Europa occidental, despertaron gran entusiasmo en sus países.

En la década de 1920, se instalaron regímenes de ese tipo en Italia, Portugal, Rumania, Polonia, Letonia y Yugoslavia. En los años de la década de 1930, aparecieron estos regímenes en Grecia y Bulgaria y Alemania. Entretanto, en Francia y en España los gobiernos republicanos atravesaban toda clase de vicisitudes políticas, que evidenciaban el sostenido proceso de toma de sus instituciones por los partidos socialistas y comunistas, en muchos casos abiertamente apoyados por la U.R.S.S.

La Gran Depresión de 1929, si bien surgió una década después de terminada la Gran Guerra, tuvo efectos muy importantes en las todavía maltrechas economías europeas.

El hundimiento de la economía norteamericana produjo importantes consecuencias en todos los países vinculados a los EE.UU. en el plano económico o financiero. Los movimientos de capitales norteamericanos, que retornaron hacia los EE.UU., privaron a Europa de las fuentes de financiamiento de su reconstrucción.

ENUMERACIÓN DE LOS PRINCIPALES REGÍMENES DE GOBIERNO DE RASGOS TOTALITARIOS.

Como se señalara antes, no todos los regímenes de gobierno totalitario que han existido históricamente presentaron identidad total de caracteres y concepciones ideológicas o políticas; ni tuvieron todos los elementos caracterizantes, o en el mismo grado de intensidad.

Así como todos ellos han llegado a establecerse a través de un proceso de conquista del poder y de ulterior consolidación de su sistema; en este último aspecto no todos llegaron a completar ese proceso antes de ser eliminados o sustituidos.

Además de eso, en muchos casos el componente ideológico ha tenido una importancia secundaria. A menudo ha surgido con posterioridad al establecimiento político del sistema, como un instrumento más de su afianzamiento y, sobre todo, de captación de adhesión; pero no se concretó mayormente en realizaciones de hecho.

La circunstancia de que el fascismo italiano haya sido cronológicamente el primero de los sistemas totalitarios de gobierno establecidos en los países europeos occidentales de la primer posguerra mundial, y que desarrolló una concepción teórica propia de carácter no marxista, determinó que otros sistemas totalitarios - y también algunas corrientes políticas que lo propiciaban - utilizaran sus concepciones.

En otros casos, algunos regímenes políticos altamente personalistas, movidos por determinantes de movilización social hacia la modernización o que adoptaron esos fines como carta de presentación política, también utilizaron el recurso a invocar una ideología cuyos orígenes en las concepciones planteadas por el fascismo italiano no son difíciles de rastrear. Así llegó a ocurrir en algunos países latinoamericanos desde mediados de la década de 1930 y aún en la de 1940, incluso luego que los principales totalitarismos iniciales hubieran sido expulsados de sus países a raíz de la derrota en la II Guerra Mundial.

En otro aspecto, si en todos ellos estuvo siempre presente el componente de un grupo político fuertemente liderado por un individuo dotado de importante atracción sobre grandes componentes de la sociedad - frecuentemente apoyado en la demagogia populista - y en todos ellos ha existido un fuerte componente de restricción de las libertades políticas; no siempre han llegado a importantes extremos en cuanto a la persecución sistemática de grupos raciales, económicos o nacionales, ni en cuanto a la extensión del encuadramiento político o el uso sistemático de movilizaciones masivas compulsivas y de una gran parafernalia simbolista. Aunque, de todos modos, asumieron caracteres totalitarios como la restricción de las libertades políticas básicas, la coacción y amenaza de violencia sobre los opositores, la tolerancia complaciente en acciones sociales tales como las ocupaciones de tierras, viviendas urbanas y plantas fabriles; y similares.

Debe tenerse en cuenta que, en las últimas décadas, la difusión de un medio de comunicación masiva tan penetrante e influyente como la televisión, así como ha incidido positivamente en la disponibilidad de vasta información por parte del público en los países republicanos liberales, ha permitido a las organizaciones de índole totalitaria difundir sus prédicas aún en ese ambiente democrático. Y, del mismo modo, cuando fuerzas de concepción totalitaria han alcanzado el poder, la televisión siempre es uno de sus instrumentos principales de imposición y consolidación de sus regímenes; lo que ha reducido bastante el recurso a las demostraciones masivas, aunque subsisten en algunos sistemas, como el cubano.

Si bien el período de surgimiento de los principales y más fuertemente típicos sistemas de gobierno totalitario tuvo lugar en la primer posguerra mundial, y algunos de ellos cayeron a consecuencia de la derrota sufrida en la II Guerra Mundial; ello no obstó a que persistieran regímenes anteriores - como el caso principal de la U.R.S.S. y del franquismo español - ni a que concomitante o posteriormente a la II Guerra Mundial igualmente se hayan establecido regímenes fuertemente teñidos de caracteres totalitarios, afines al fascismo italiano o al comunismo soviético, especialmente en América Latina.

Del mismo modo, aún luego de la caída de la U.R.S.S., subsisten en el mundo corrientes ideológicas marxistas y sus agrupamientos políticos, que actúan en los países de democracia liberal y aspiran a alcanzar el poder por medios electorales — algunos luego de haber fracasado en obtenerlo por medios violentos — cuyas concepciones políticas están intensamente impregnadas de los elementos característicos de los totalitarismos; como fácilmente se advierte al examinar los expuestos inicialmente.

Entre los regímenes históricos de caracteres totalitarios - con variable grado de intensidad y duración - cabe mencionar:

El régimen comunista de la U.R.S.S. implantado con la revolución rusa de 1917 y extinguido con la llamada “implosión” y disolución de la U.R.S.S. el 21 de diciembre de 1991.

Habiendo sido sin lugar a dudas el primer régimen totalitario moderno establecido, quedó bastante fuera de un enfoque especialmente atento a esa condición; principalmente debido a que transcurrieron bastantes años hasta que se manifestó plenamente en ese aspecto, y a que por su propia característica - así como por el relativo desconocimiento que siempre existió acerca de las realidades imperantes en la lejana Rusia - consiguió ocultar al mundo buena parte de sus peores realidades.

Por otra parte, la existencia en los países europeos de movimientos políticos afines al marxismo, llevó a que se idealizara ampliamente su sistema; y aún a que se ocultaran deliberadamente al público sus aspectos más cuestionables.

El régimen fascista italiano de Mussolini, establecido en 1922 y finalizado con la derrota de Italia en la Segunda Guerra Mundial.

Habiendo sido cronológicamente el primer sistema de gobierno totalitario antimarxista, de una orientación esencialmente pragmática, ha sido tomado en cierto modo como el paradigma de los totalitarismos; a pesar de que es indudable que no ha sido el fascismo italiano, sino el nazismo alemán, el régimen que extremó el modelo totalitario.

Sin embargo, a pesar de su inicial implantación esencialmente práctica, el fascismo fue el sistema totalitario que dio origen a mayores desarrollos teóricos e ideológicos - fuera del marxismo y sus derivaciones; por lo cual en gran medida ha sido el proveedor de esos contenidos a otros regímenes posteriores, especialmente al falangismo español, al peronismo argentino y a los corporativismos portugués y brasileño.

La concepción corporativista, por contraposición a la estructura soviética de la U.R.S.S. y al concepto de representación política de las democracias liberales, ha constituído sin duda un componente muy característico del régimen fascista y de sus homólogos.

El III Reich alemán establecido en 1933 con el ascenso de Hitler al cargo de Canciller, y extinguido con la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

Sin duda el régimen totalitario más fuerte y más extremo en su aplicación práctica, careció en general de una componente doctrinaria original; salvo en uno de sus aspectos más siniestros, el racismo antijudio.

Las atrocidades cometidas por el régimen nazi ya antes de la iniciación de la II Guerra Mundial, y las que tuvieron lugar durante ella, suscitaron un rechazo sumamente intenso a su respecto; que ha llevado incluso a que no se hayan analizado detenidamente, con propósitos de estudio objetivo, muchos de sus elementos.

El régimen falangista español del Gral. Francisco Franco, establecido a consecuencia de la guerra civil española y finalizado a su muerte, con la restauración del Reino de España dotado de un sistema constitucional democrático y parlamentario.

Producto de una mezcla de concepciones políticas y sociales, el franquismo tuvo una ideología no solamente inspirada en los desarrollos teóricos del fascismo italiano sino también imbuida de elementos de origen confesional católico, el falangismo; cuyo principal exponente fue José Antonio Primo de Rivera.

A pesar de la intensa participación en la guerra civil española de las potencias totalitarias contrapuestas de la U.R.S.S., Alemania e Italia, al haber logrado el Gral. Franco mantenerse relativamente alejado de la II Guerra Mundial, condujo a una progresiva atenuación de los componentes totalitarios de su régimen. Luego de un período de algo menos de una década del fin de la guerra, logró insertarse en la comunidad internacional, y operó un gradual encauzamiento de un proceso de restauración de la monarquía constitucional y parlamentaria, que ha permitido a España, actualmente, formar parte de las modernas naciones democrático-liberales.

Los regímenes de las “democracias populares” establecidos en los países de Europa oriental (Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria), al término de la Segunda Guerra Mundial, bajo la égida de la U.R.S.S.

Implantados en los países cuya liberación del dominio del nazismo alemán fue efectuado por el Ejército Rojo de la U.R.S.S., se siguió en casi todos ellos un procedimiento político similar. Las fuerzas soviéticas ocupantes favorecieron inicialmente el establecimiento de gobiernos provisionales con participación de todos los movimientos de resistencia a la ocupación nazi de base patriótica y nacionalista; pero otorgando a los comunistas las posiciones clave en las fuerzas policiales. Éstos crearon rapidamente organismos de represión política de la oposición al comunismo, con la excusa de castigar a los colaboracionistas con los nazis; para finalmente tomar el poder, ya fuera por vía electoral o mediante un golpe de Estado apoyado por la U.R.S.S.

El régimen comunista yugoeslavo del Mariscal Tito, establecido luego de la Segunda Guerra Mundial y finalizado con su muerte.

Habiendo sido un indiscutido líder guerrillero de filiación comunista bajo la ocupación alemana, el Mariscal Tito desafió tempranamente el predominio soviético en Yugoslavia, estableciendo un sistema económico que fue denominado como “autogestionario”. En base a las condiciones de equilibrio internacional de la guerra fría, logró mantenerse al margen de las represiones militares que la U.R.S.S. aplicó a los intentos liberalizadores en Hungría, Alemania Oriental y Checoslovaquia.

El régimen comunista chino establecido con el triunfo de Mao Tsé Tung en la guerra civil china, al término de la Segunda Guerra Mundial, y que aún perdura.

El régimen implantado por Mao en China continental fue en su momento más ortodoxamente marxista que el de la propia Unión Soviética; habiendo realizado procesos como la “revolución cultural” que tuvieron características enormemente sangrientas.

A pesar de que Mao constituyó durante décadas un paradigma para los comunistas más extremados, a su muerte China continental ha ido evolucionando hacia un modelo que, siendo igualmente totalitario, ha admitido ciertos cambios en su sistema económico, dirigidos especialmente a obtener inversiones externas y transferencias de tecnología habilitantes de la producción de mercaderías de exportación de alto valor agregado a bajos costos, como un medio de obtener una importante fuente de ingresos a través del comercio mundial.

El régimen comunista cubano de Fidel Castro, establecido el 1º de enero de 1959 con el derrocamiento del gobierno de Fulgencio Batista, y que aún perdura.

Originado en la resistencia que despertaba el régimen encabezado por el ex-sargento Fulgencio Batista, el movimiento revolucionario encabezado por Fidel Castro llegó a despertar iniciales simpatías en el mundo democrático. Sin embargo, pronto quedó de manifiesto que su orientación no solamente estaba determinada por un cerrado odio hacia los Estados Unidos; sino que siempre había respondido plenamente a la ideología marxista-leninista, tal como lo reconociera Fidel Castro en su célebre discurso del 24 de febrero de 1976.

Producción en MASA.

Producción en MASA.

En un mundo de producción en masa y distribución en masa, el Hombre Modesto, con su insuficiente capital, está en seria desventaja. En la competencia con el Hombre Poderoso, pierde su dinero y finalmente su misma existencia como productor independiente: el Hombre Poderoso se lo ha tragado. A medida que los Hombres Modestos desaparecen, un número de hombres cada vez más reducido maneja un poder económico cada vez mayor. Bajo una dictadura, la Gran Empresa, hecha posible por el avance de la tecnología y la consiguiente ruina de la Pequeña Empresa, suele ser gobernada por el Estado, es decir, por un reducido grupo de jefes de partido y los soldados, policías y los funcionarios públicos que cumplen sus órdenes. En una democracia capitalista, como la de los Estados Unidos, suele ser gobernada por lo que el profesor C. Wright Mills ha llamado la Élite del Poder. Esta Élite del Poder procura directamente ocupación en sus fábricas, oficinas y comercios a varios millones de los trabajadores del país, domina a muchos millones más prestándoles dinero para la compra de lo que ella produce y, como dueña de los medios de comunicación en masa, influye en el pensar, el sentir y el obrar de virtualmente todo el mundo. Parodiando la frase de Wiston Churchill, podríamos decir que nunca tantos han sido tan manipulados por tan pocos. Estamos realmente muy lejos del ideal de Jefferson de una sociedad genuinamente libre compuesta de una jerarquía de unidades autónomas: ’las repúblicas elementales de los barrios o poblados, las repúblicas de condado, las repúblicas estatales y la República de la Unión, formando un escalonamiento de autoridades’.

No podemos librarnos de las máquinas, por la sencilla razón de que el proceso de la liberación nos forzaría a librarnos de esa mitad de la raza humana cuya existencia en el planeta sólo es posible debido a la existencia de las máquinas. La producción mecánica no puede abolirse; está definitivamente establecida. La cuestión estriba en saber si está establecida para que sea un instrumento de esclavitud o un medio de liberación. Un interrogante análogo se plantea con respecto a la riqueza que crea la producción mecánica. ¿Debe distribuirse esa riqueza de manera que asegure el máximo o el mínimo de injusticia?.

Merced al auge del maquinismo, la producción sobrepasa al consumo. La primera condición de nuestra producción industrial es organizar el despilfarro por parte de los consumidores. Cuanto antes deseche el consumidor el objeto que haya adquirido y vaya en busca de otro, será mucho mejor para el que los produce. Al propio tiempo, como es natural, el productor tiene que esforzarse en no producir sino artículos que sean lo más perecederos posible.

Si por algún milagro, los sueños de los educacionistas se hubieran realizado y la mayoría de los seres humanos empezaran a interesarse exclusivamente por las cosas del espíritu, todo el sistema industrial se paralizaría de súbito. Dado el maquinismo moderno, no puede existir una prosperidad industrial sin que la producción se realice a gran escala. Pero esta última resulta imposible, a su vez, si el consumo no se realiza, del mismo modo en gran escala también. El consumo varía universalmente en relación a la intensidad de la vida mental. Un hombre que se halle interesado de manera exclusiva por las cosas del espíritu, será completamente feliz, de acuerdo con la frase de Pascal, permaneciendo sin moverse de su cuarto. Un hombre que carezca de este interés por las cosas del espíritu, sentirá un hastío de muerte si se ve obligado a estarse quieto en una habitación. Careciendo de pensamientos con los que distraerse, necesita adquirir aquellas cosas que pueden ocupar su puesto; incapaz de viajar mentalmente, necesita ir de un lado a otro por la realidad. En una palabra, constituye el consumidor ideal, el consumidor en gran escala de los productos y los transportes.

La única clase de esnobismo, en cambio, permitida al adorador de la nueva divinidad es el esnobismo de la posesión de bienes materiales. El dios de la Industria provee de objetos a sus adoradores y no puede existir sino a condición de que sus dones sean aceptados con gratitud. A los ojos de un industriólatra la primera obligación del hombre es la de coleccionar la mayor cantidad de objetos que sea posible. (...) El santo del nuevo orden de cosas tiene que odiar, irremisiblemente, la historia. Y no sólo a ésta, sino que, procediendo en buena lógica, odiará del mismo modo a la literatura, la filosofía, las ciencias puras, las artes y cualquier otro orden de actividades mentales que desvíen a la humanidad de una preocupación adquisitiva con relación a los objetos.

El Apocalipsis NACIONALISTA y sus jinetes.

El  Apocalipsis NACIONALISTA y sus jinetes.

Alguien alguna vez dijo que al llegar el fin del mundo, entre muchos signos y señales de tal presagio, destacará la presencia terrorífica de cuatro jinetes montados en horribles corceles. Se trata del Hambre, la Peste, la Guerra y la Muerte. Ellos anunciarán el Apocalipsis.

La evolución humana ha permitido elevarse al hombre de su condición puramente animal hasta alcanzar las mayores cotas de ciencia, pensamiento y arte. Ese progreso evolutivo siempre ha estado combatido por las fuerzas reaccionarias del oscurantismo, la superstición, el racismo… Por ello, no hay duda que el fin del mundo no puede significar otra cosa que volver a las cavernas, destruyendo, con ello, todo el caudal de conocimientos que ha logrado la civilización.

Es verdad que el siglo XX nos ha traído la sombra alargada del fin del mundo. Porque a golpe de trompetazo han aparecido cuatro tenebrosos jinetes que anuncian el Apocalipsis, el fin del progreso, la vuelta a la barbarie. Son las fuerzas del Nacionalismo.

Primero aparece la LENGUA, entendida como elemento de exclusión y de marginación entre los seres humanos, y no de comunicación, la lengua como falta de alimento intelectual, como Hambre cultural.

A continuación viene cabalgando la RAZA, ese orgullo de ser biológicamente diferente (lo que quiere decir superior) al resto de los humanos, la creencia en ser un pueblo elegido, esa terrible Peste que puede azotar a nuestros cuerpos.

Luego se presenta la TIERRA (en algunos casos un pequeño "terruño", como decimos en Galicia), con su siniestro impuesto de exigencia de sangre para los que no son autóctonos, para los que no han crecido como plantas en un determinado lugar, esa declaración de Guerra a los foráneos.

Y, finalmente, surge la RELIGIÓN, como dogma oscurantista y supersticioso, verdad revelada a los chamanes de la tribu. La religión como auténtica Muerte de la inteligencia.

Estos cuatro jinetes del APOCALIPSIS, la LENGUA, la RAZA, la TIERRA y la RELIGIÓN, son los cuatro pilares sobre los que se eleva el TEMPLO del NACIONALISMO. No hay ningún nacionalismo que no haya basado su fórmula en una combinación de estos cuatro ingredientes, en diferentes proporciones según los casos históricos.

No existen excepciones. Lo mismo da que hagamos referencia al nacionalismo alemán, al español, al vasco, al serbio y a todos los nacionalismos que se han dado en la historia del Mundo. Sólo se diferencian en que unos han causado muchas más muertes que otros.

NACIONALISMOS, Ítem más.

NACIONALISMOS, Ítem más.

En el mundo moderno, la ignorancia en lo que se refiere a la naturaleza del universo, se nos presenta como una negativa a especular a su respecto, y como una insistente afirmación de que sólo tienen significación o valor, partes reducidas y arbitrariamente seleccionadas del todo, como puede ser la nación, el Estado, la clase y el partido. Creer que la nación es Dios es un error tan grotesco como lo era la suposición de que el sol moriría si no le suministraban víctimas.

Esencialmente, todas las nuevas morales comunista, fascista, nazi o meramente nacionalista, se parecen mucho entre sí. Todas afirman que los buenos fines justifican los medios; y para todas, los fines consisten en el triunfo de una parte de la especie humana sobre las demás. Todas justifican el uso ilimitado de la astucia y de la violencia. Todas predican la subordinación de los individuos a una oligarquía gobernante, endiosada, que denominan ’el Estado’. Todas predican las virtudes menores, como la temperancia, la prudencia, el coraje y otras; pero todas desacreditan la caridad y la inteligencia, virtudes superiores sin las cuales las virtudes menores son meros instrumentos para hacer el mal con una eficiencia cada vez mayor.

Para satisfacer sus ansias de significación y de valores, las gentes se inclinan hacia doctrinas como el Nacionalismo, el Fascismo, o el Comunismo revolucionario. Filosófica y científicamente, estas doctrinas son absurdas, pero para las masas de todas las comunidades tienen este gran mérito: atribuirle todo el significado y el valor que le han sido quitados al mundo como un todo.

Tanto el capitalismo como el nacionalismo son frutos de la obsesión por el poder, el éxito y la posición social.

El designio de la propaganda nacionalista moderna consiste en transformar el afecto normal del hombre por su patria en la veneración excluyente y feroz por la nación divinizada. Las disputas entre naciones están empezando a tomar ese aspecto inflexible y fanático, que fue característico en tiempos pasados del trato que se daban unos a otros los sectarios de los distintos grupos religiosos o políticos.

Actualmente la idea política más poderosa es la del NACIONALISMO. Esta idea es la que presta justificación y la que transforma toda una serie de emociones, constituyendo la permanente motivación de acciones individuales y colectivas de la mayor importancia.

PACIFISMO.

PACIFISMO.

Los únicos procedimientos de que puede valerse un pueblo para protegerse a si mismo, contra la tiranía de gobernantes que cuenten con fuerzas modernas de policía, son los procedimientos no violentos, como la no cooperación en masa y la desobediencia civil.
Confrontado con grandes masas decididas a no cooperar, e igualmente decididas a no emplear la violencia, el más cruel de los dictadores resulta confundido.

Una de las principales funciones de las asociaciones modernas de individuos consagrados, tendrá que ser la de cultivar sistemáticamente el comportamiento no violento en todas las relaciones comunes de la vida diaria: las relaciones personales, las relaciones económicas, las relaciones de las colectividades o de los grupos entre sí, y la de éstos con sus gobiernos. Los procedimientos mediante los cuales las comunidades y los miembros que las constituyen pueden afianzar su comportamiento no violento, son esencialmente los mismos que deben emplear todos los reformadores. La estructura social de la comunidad puede disponerse de tal modo, que los individuos no se vean tentados a pretender el poder, a atropellar a los demás, a hacerse rapaces; y al mismo tiempo puede llevarse un ataque directo a las fuentes de la voluntad individual; dicho de otro modo, puede enseñarse al individuo y enseñársele a enseñarse a sí mismo, a contener sus tendencias a la rapacidad, a la fanfarronería, al afán de dominación y a otras cosas parecidas.
El que pretenda ser miembro de nuestra hipotética asociación debe ser capaz de encontrarse frente a la violencia sin responder violentamente y sin asustarse ni quejarse; y debe ser capaz de hacerlo, no sólo en los momentos de entusiasmo, sino también en sangre fría y cuando no media el apoyo emotivo que proporcionan los amigos y los simpatizantes.
Tan difícil es, que resulta prácticamente imposible, a no ser para los que se han sometido, con ese objeto, a un adiestramiento sistemático.
Los individuos adiestrados tendrán que realizar dos funciones principales: Primero, tendrán por misión mantener la vida de la asociación en un nivel más elevado que el que le corresponde a la sociedad en que vivan; mostrándole así a esa sociedad un modelo en funcionamiento de un tipo de organización social superior. Segundo, tendrán que ’andar en el mundo’, donde sus condiciones y su adiestramiento pueden ser útiles para mitigar la violencia cuando hubiese estallado, y para organizar la resistencia no violenta a la opresión interna, y contra la preparación bélica y la guerra.

Se considera tan frecuentemente que la no violencia es un recurso poco práctico, o un procedimiento que sólo pueden emplear hombres y mujeres excepcionales, que resulta indispensable que demostremos, primero, que aun cuando se emplea esporádicamente y sin sistematización (como ha sido el caso hasta ahora), el procedimiento obra efectivamente; y segundo, que puede ser empleado hasta por gente perfectamente común y ocasionalmente hasta por seres que desde el punto de vista de su capacidad profesional son subhumanos, como los reyes, los políticos, los diplomáticos y otros representantes de los grupos nacionales. (Durante las horas que no dediquen a sus funciones, estos seres, subhumanos desde el punto de vista moral, pueden llevar una vida conforme con las reglas morales más estrictas).

En la India se han registrado muchos éxitos importantes, y se ha demostrado que es posible preparar cantidades enormes de hombres y mujeres, para que respondan al trato más brutal con valor sereno y con una ecuanimidad que impresiona profundamente a los perseguidores, a los espectadores más próximos y, mediante la prensa, a la opinión pública del mundo entero. El

La no violencia es una consecuencia práctica de la creencia en la unidad fundamental de los seres. Pero dejando totalmente de la doble validez de su base filosófica, la no violencia puede demostrar todo su valor, pragmáticamente, funcionando. Todos hemos tenido oportunidades para observar y experimentar como actúa en la vida privada. Hemos comprobado todos como la cólera proporciona alimento a la cólera y como se la desarma con suavidad y con paciencia. Todos hemos sabido alguna vez lo que es transformar nuestra mezquindad en magnanimidad ante la magnanimidad ajena; lo que es sentir como se funden nuestras antipatías ante un acto de consideración; lo que es experimentar como se transforma en solicitud nuestra frialdad y nuestra aspereza ante un ejemplo de desinterés ajeno. El empleo de la violencia siempre va acompañado por la cólera, el odio y el temor, o por el regocijo malicioso o la crueldad consciente. Los que quieren practicar la no violencia tienen que aprender a adquirir el dominio de si mismos; tienen que aprender a tener tanto valor moral como valor físico; deben oponer a la cólera y la malicia una firme buena voluntad y una determinación paciente de comprender y de simpatizar.

Los mecanismos para las transformaciones pacíficas están listos y esperando; pero nadie hace uso de ellos porque nadie quiere hacerlo. Hacia donde miremos, encontraremos que los verdaderos obstáculos para la paz son la voluntad y los sentimientos de los hombres, las convicciones humanas, los prejuicios y las opiniones. Si queremos librarnos de las guerras, tendremos antes que librarnos de todas sus causas psicológicas.
Es necesario transformar la sociedad militarista en otra sociedad que aspire a la paz, y que demuestre la intrínseca verdad de sus deseos, siguiendo solamente aquellas políticas que sean capaces de crear la paz.

El DICTADOR.

El DICTADOR.

Cada dictador tiene una jerga que le es propia. Los vocabularios son distintos, pero sus propósitos son los mismos en todos los casos: legitimar un despotismo local hace aparecer a un gobierno ’de facto’ como un gobierno de derecho divino. Tales jergas resultan, para las tiranías, instrumentos no menos indispensables que el espionaje policial y la censura de la prensa. Suministran un surtido de vocablos con los que llegan a justificarse ampliamente los crímenes más monstruosos y pueden racionalizarse las políticas más extraviadas. Sirven de molde para los pensamientos, sentimientos y deseos de pueblos enteros. Valiéndose de ellos, se puede llegar a persuadir a los oprimidos a que toleren y hasta veneren a sus insanos y criminales opresores.

Resulta bastante sugestivo que una palabra se encuentre en el vocabulario de todos los dictadores y que la empleen indistintamente los fascistas, los nazis y los comunistas con propósitos de justificación y racionalización. Ésa es la palabra ’histórico’.
Apelar a la historia es algo que les resulta especialmente cómodo a los dictadores; pues el postulado que sustenta ese recurso es, en el idioma hegeliano, que lo real es racional: lo que sucede es, en último análisis, lo mismo que lo que debiera suceder.
Ocurre a menudo, por ejemplo, que la fuerza triunfe sobre el derecho; por ello la fuerza es ’histórica’ y digna de conquistas.

La ’historicidad’ está pasando a ser aceptada como uno de los valores supremos, por multitudes cada vez más numerosas de hombres y mujeres. Esta identificación implícita de lo que debiera ser con lo que realmente es, vicia todo pensamiento que se refiera a la moral, a la política, al progreso, a las reformas sociales y hasta al arte mismo.

Contemplando al mundo, ellos creen ver que las circunstancias parecen conspirar para llevar a la gente en una dirección determinada. Este movimiento es ’histórico’, por ello tiene valor; existe y en consecuencia es indispensable que exista. Aceptan lo existente. En verdad, hacen mucho más que aceptar; aplauden y dan testimonios. Si lo real es lo racional y lo equitativo, se sigue que la acción ’histórica’ tiene que tener los mismos resultados que tendría una acción dictada por la razón y el más sublime idealismo.

Pero creyendo que lo real es lo racional, se convence a sí mismo de que el cambio que las circunstancias conspiran a imponerle tiene que ser, necesariamente, el que conduce a la meta que se desea. Cree que en todas partes la tiranía llegará de algún modo a convertirse en democracia, la cautividad en liberación individual, la concentración del poder político y económico en el gobierno de cada cual por sí mismo. En una palabra, está dispuesto a tolerar y hasta a complicarse en cualquier maldad o en cualquier imbecilidad, porque está convencido de que existe una providencia ’histórica’, que hará que medios inadecuados y nocivos resulten en fines benéficos."

Los políticos totalitarios exigen obediencia y conformidad en todas las esferas de la vida, incluso, por supuesto, la religiosa. Su propósito es utilizar la religión como instrumento de consolidación social, como una contribución a la mayor eficiencia militar del país. Por este motivo, la única clase de religión que fomentan es estrictamente antropocéntrica, excluyente y nacionalista.

A la larga, la ira y el odio son emociones que se derrotan a sí mismas. En lo inmediato, sin embargo, proporcionan altos dividendos en la forma de satisfacción psicológica y hasta (pues liberan grandes cantidades de adrenalina y noradrenalina) fisiológica. La gente puede tener al principio un prejuicio inicial contra los tiranos, pero, cuando los tiranos o aspirantes a tiranos le dedican una propaganda liberadora de adrenalina sobre la perfidia del enemigo -especialmente de un enemigo lo bastante débil para que pueda ser perseguido- muchos se inclinan a seguir con entusiasmo a quien así se expresa. En sus discursos, Hitler repetía insistentemente palabras como "odio", "fuerza", "implacable", "aplastamiento", "aniquilación", y acompañaba estas violentas palabras con ademanes todavía más violentos. Gritaba, daba alaridos, sus venas se hinchaban, su rostro se ponía violáceo. Una emoción violenta (como lo saben todos los actores y dramaturgos) es contagiosa en sumo grado. Envenenado por el maligno frenesí del orador, el auditorio bramaba, sollozaba y gritaba en una orgía de pasión sin inhibiciones. Y estas orgías eran tan gratas que la mayoría de quienes las habían experimentado volvían afanosamente en busca de más.

La finalidad de Hitler era en primer lugar mover a las masas y, luego, una vez apartadas las masas de sus fidelidades y su moral tradicionales, imponerles (con el hipnotizado consentimiento de la mayoría) un nuevo orden autoritario de propia creación personal.

Los regímenes totalitarios justifican su existencia mediante una filosofía de monismo político, según el cual el Estado es Dios en la tierra, la unificación bajo la planta del divino Estado es la salvación, y todos los medios tendientes a tal unificación, por más perversos que intrínsecamente sean, son justos y pueden emplearse sin escrúpulos."

Las EVASIONES.

Las EVASIONES.

Los EUROPEOS nos movemos sin rumbo a través de la falsedad de la vida, tratando de llenar su vacío interior por medio de estimulantes externos, leyendo diarios, soñando despiertos en el cine, escuchando música y charlas por la radio, tomando parte activa en los juegos y, sobre todo, presenciándolos, pasando toda clase de ’buenos ratos’. Entretanto, se da la bienvenida y se acoge con avidez cualquier doctrina que parezca conferirle una finalidad o un objeto a la vida.

El tono emocional de las multitudes es esencialmente orgiástico y dionisiaco. Por virtud de su inclusión en una multitud, el individuo se encuentra liberado de las limitaciones propias de su personalidad, y participa del mundo subhumano, subpersonal, que es inherente a los sentimientos desenfrenados y a las creencias no analizadas. Formar parte de una multitud resulta una experimentación muy semejante a la intoxicación alcohólica. La mayor parte de los seres humanos ansían evadirse de las limitaciones de su propio ser y descansar periódicamente de su personalidad escuálida, mezquina y para cada cual demasiado conocida. Como no saben hacer lo necesario para ascender desde su propia personalidad hasta una región suprapersonal, y como no tienen voluntad suficiente para hacerlo, aunque sepan satisfacer las condiciones éticas, psicológicas y fisiológicas necesarias para trascender del propio ser, se dirigen naturalmente hacia el camino descendente, el camino que conduce, desde la personalidad, hacia las tinieblas del sentimentalismo subhumano y del pánico animal. De aquí el ansia persistente por los narcóticos y los estimulantes, y también la atracción infalible de las multitudes.

Pocos son los hombres que queremos algo muy intensamente, y, de estos pocos, sólo una ínfima minoría es capaz de combinar la fuerza de voluntad con una continuidad invariable. La mayor parte de los seres humanos son criaturas espasmódicas e intermitentes a quienes les gustan por encima de todo los placeres de la indolencia mental. "Por este motivo", dice Bryce, "una voluntad enérgica e invariable se convierte a veces en un poder tan tremendo, casi en una fuerza hipnótica". Lucifer es la encarnación mitológica más alta de esta intensa voluntad personal, y los Grandes Hombres que la han tenido en la escena de la historia, participan, hasta cierto punto, de su fuerza y de su magnificencia satánicas. Debido a esta fuerza y a esta magnificencia, tan diferente de nuestra propia debilidad y flojedad mental, nos volvemos nostálgicamente hacia las biografías de hombres como Alejandro, César y Napoleón, y, a cada nuevo imitador de Lucifer que surge, nos prosternamos ante él pidiéndonos que nos salve. Y, por supuesto, a muchos de estos grandes hombres les gustaría verdaderamente salvar a sus semejantes. Pero puesto que son lo que son, no santos sino mezquinos luciferes, sus bienintencionados esfuerzos sólo pueden llevar, en alguna forma temporaria más o menos desagradable, a la perpetuación de aquellas condiciones por cuya supresión reza la humanidad. Los Grandes Hombres han dejado invariablemente de "entregar las mercaderías", pero porque admiramos sus cualidades y envidiamos sus triunfos, seguimos creyendo en ellos y sometiéndonos a su poder. Al mismo tiempo, sabemos muy bien con parte de nuestro ser que los luciferes no pueden hacernos bien alguno; entonces nos alejamos por un momento de esas encarnaciones de la voluntad personal y nos volvemos hacia esos seres humanos muy diferentes, que encarnan la voluntad de Dios. Los Santos tienen aun más voluntad de ayudar que los Grandes Hombres, pero el consejo que dan es propio a parecer deprimente a los hombres y a las mujeres que quieran gozar de los placeres de la indolencia. "Dios", dicen los Santos, "ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos"; y comienzan a prescribir los métodos por los cuales es posible ayudarse a sí mismo. Pero no queremos tener que ayudarnos a nosotros mismos; queremos ser ayudados, tener a alguien que haga el trabajo por nosotros. Entonces nos volvemos de nuevo hacia las encarnaciones de la voluntad personal. Estos Grandes Hombres no tienen ni la menor duda acerca de su habilidad para darnos exactamente lo que queremos: un sistema político que hará buenos y felices a todos, una religión de Estado que nos asegure los favores de Dios aquí en la tierra y una bienaventurada eternidad en el paraíso. Aceptamos su ofrecimiento, e inmediatamente la otra parte de nuestro ser se vuelve hacia los Santos, de donde volvemos de nuevo a nuestros desastrosos Grandes Hombres. Y así, siglo tras siglo. La patética indecisión ha dejado sus rastros acumulados en nuestras bibliotecas, en que la vida de los Grandes Hombres y sus actividades en la historia llenan tantos estantes como las vidas de los Santos y sus relaciones con Dios.

El Padre José (también PePe Aznar) se veía distraído de la perfección mística por una serie de tentaciones estrechamente relacionadas entre sí: la tentación de hacer lo que le parecía su deber, cumplir lo que parecía ser la voluntad exterior de Dios; la tentación de elegir un deber inferior a expensas de uno superior y la tentación de creer que una tarea desagradable tenía que ser buena por lo mismo que era desagradable.

La naturaleza aborrece el vacío, incluso en la mente. El doloroso vacío del aburrimiento actual es llenado y perpetuamente renovado por el cine, la radio, la televisión y las historietas cómicas.

Los espectáculos públicos representan actualmente un papel comparable al que representó en la Edad Media la religión.

Cuando, por una razón cualquiera, los hombres y las mujeres no logran trascender de sí mismos por medio del culto, las buenas obras y los ejercicios espirituales, se sienten inclinados a recurrir a los sustitutivos químicos de la religión: el alcohol y las "píldoras" en el moderno Occidente, el alcohol y el opio en el Este, el hachís en el mundo mahometano, el alcohol y la marihuana en la América Central, el alcohol y la coca en los Andes y el alcohol y los barbitúricos en las regiones más al día de la América del Sur.

El afán universal y permanente de autotrascendencia, no puede ser abolido cerrando de golpe las más populares Puertas del Muro. La única acción razonable es abrir puertas mejores, con la esperanza de que hombres y mujeres cambien sus viejas malas costumbres por hábitos nuevos y menos dañinos. Algunas de estas puertas mejores podrán ser de naturaleza social y tecnológica, otras religiosas o psicológicas, y otras más dietéticas, educativas o atléticas. Pero subsistirá indudablemente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones químicas del intolerable sí mismo y del repulsivo ambiente.

La mayoría de los hombres y mujeres llevan vidas tan penosas en el peor de los casos y tan monótonas, pobres y limitadas en el mejor, que el afán de escapar, el ansia de trascender de sí mismo aunque solo sea por breves momentos es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma.

Aforismos ANTInacionalistas.

Aforismos ANTInacionalistas.

Es conveniente recordar los aforismos, sentencias, máximas, pensamientos, meditaciones y parábolas, de personas de prestigio intelectual reconocido a nivel mundial.

Como decía MIchel Montaigne, yo cuando en ocasiones cito a otros es sólo con el propósito de expresar mejor mis pensamientos.
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LAO ZI.

• Cuando la confusión y el desorden reinan en los pueblos, se habla de patriotismo.

FERNANDO SAVATER.

• Lo mismo que el racismo es una forma de cretinismo moral, el nacionalismo es una forma de cretinismo político.

• Todas las madres y todas las patrias nos quieren pequeños para que seamos más suyos.

• Ser internacionalista es estar racionalmente convencido de que la división en naciones -que no tiene nada de natural- no hace sino impedir la emancipación humana y que el mito patriótico-nacional sirve siempre para legitimar en el poder a la oligarquía mas abyecta y rapaz.

MANUEL AZAÑA.

• Este concepto (nación), que en tiempos pasado tenía un valor revolucionario equivalente a libertad, se ha cubierto de adherencias desagradables, evoca propósitos y políticas que no nos pueden gustar y suelen ser en el ámbito del mundo una bandera de agresión.

MARIO ONAINDÍA.

• La patria no es el lugar donde se nace, sino donde se es libre.

BERNARD HENRI-LÉVY.

• El nacionalismo es siempre una tontería, y el nacionalismo étnico, una tontería asesina.

LORD ACTON.

• La nacionalidad no aspira ni a la libertad ni a la prosperidad, sino que, si le es necesario, no duda en sacrificar ambas a las necesidades imperativas de la construcción nacional.

JAVIER PRADERA.

• La deriva del nacionalismo emancipador decimonónico hacia la intolerancia y la opresión estaba seguramente inscrita desde el comienzo en la ambigüedad política de su proyecto.

ROBERT LANSING.

• La autodeterminación es un principio cargado de dinamita, porque levantará esperanzas que nunca podrán ser satisfechas. Costará, me temo, miles de vidas.

AMBROSE BIERCE.

• El patriotismo es el primer refugio de los bribones.

ORTEGA y GASET.

• El Estado es superación de toda sociedad natural, es mestizo y plurilingüe.

MARIO VARGAS LLOSA.

• La violencia persigue como su sombra a las teorías nacionalistas.

DEMÓCRITO.

• Toda la Tierra está al alcance del sabio, ya que la patria de un alma elevada es el universo.

GUY de MAUPASSANT.

• El patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras.

EINSTEIN.

• El nacionalismo es una enfermedad infantil; es el sarampión de la humanidad.

GOETHE.

• El orgullo más barato es el orgullo nacional, que delata en quien lo siente la ausencia de cualidades individuales.

GEORGE STEINER.

• Los vegetales tienen raíces; los hombres y las mujeres tienen pies.

Antonio MACHADO.

• Siempre ha sido igual. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden. El pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.

BORGES.

• El patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones.

RYSZARD KAPUSCINSKI.

• La ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.

Santiago RAMÓN y CAJAL.

• Los hombres guerrean para adquirir un pedazo de tierra donde ser prematuramente enterrados.

Albert BOADELLA.

• El nacionalismo es como una ventosidad; algo placentero para quien lo emite, pero desagradable para quien lo siente.

HADDON y HUXLEY.

• Una nación es un grupo de gente basada en la creencia errónea en un común origen y en una común aversión a sus vecinos.

OSCAR WILDE.

• El patriotismo es la virtud de los depravados.

Albert CAMUS.

• Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.

Arthur SCHOPENHAUER.

• Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación.

CIORAN.

• No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la inquisición o la Reforma.

JOHN STUART MILL.

• El valor de una nación no es otra cosa que el valor de los individuos que la componen.

HENRY W. LONGFELLOW.

• Lo bueno en los grandes poetas de todos los países no es lo que tienen de nacional, sino de universal.

HERBERT G. WELLS.

• Nuestra verdadera nacionalidad es la del género humano.

ANÓMIMOS o de autor desconocido para mi.

• El nacionalismo es un atavismo que tiene su origen en el instinto de territorialidad de los mamíferos.

• La nación es la guardería de los que tienen miedo a crecer.

• Dicen que la patria es un fusil y una bandera; la patria son mis hermanos, que están cavando la tierra.

• Los patriotas no están tan preocupados en lo que son como en lo que no quieren ser.

• El plan maestro de todo buen patriota pasa por corregir la historia.

• Cuando oigo la palabra “patria” echo mano al chaleco antibalas.

• El que afloren las ideas de nacionalismo o comunismo en el cerebro de un joven es tan natural como el que lo haga el acné en su piel. Lo peligroso es que no se curen con la madurez.

• El nacionalismo es a la sociedad lo que el egoísmo es al individuo.

• Allá donde brota la sangre en nombre de una Nación, allá se descubre manchada una sotana o cualquier otra túnica de clérigo.

• El nacionalismo es la piel de cordero que utiliza el lobo racista.