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TRIUNFO

2. Filosofía.

Falacia de la falsa CAUSA.

Falacia de la falsa CAUSA. Utilizamos el término genérico de Falacia de la falsa causa para referir­nos a todos los er­rores en la argumen­tación causal.[1]



Vamos a dividirla en dos variedades, según el tipo de error que la origine:





a). Falacias por tomar una condición necesaria como si fuera suficiente



Se producen cuando atribuimos la responsabilidad causal a una condición necesaria, o sea, a un componente de la causa. Es frecuentísima.



No hay razón para que se pare el coche. Tiene gasolina de sobra.

Déjese usted de historias. El paro aumenta porque hay muchas huelgas.



Simplificamos al considerar únicamente un aspecto del asunto. Puede replicarse: es eso, pero no sólo eso. Todos sabemos que el desempleo no responde a una causa única. Puede aumentar por razones demográficas, económicas, laborales o sociales (cambios en la política de inmigración, incorporación de la mujer, etc.).



Álvaro— ¡No hay derecho! Dijiste que si arreglaba mi habitación podría ir al cine. Ya está arreglada

Su madre— Sí, pero te pedí que lo hicieras esta mañana.



Ordenar la habitación es una condición necesaria. La suficiente incluía, por lo que vemos, que se arreglara a su hora. Con frecuencia olvidamos que la oportunidad opera como una condición necesaria.



La esposa, señalando los destrozos del aparador — ¿Has visto, monada, lo que has hecho al tirarme la plancha?.

El marido — ¡Tú tienes la culpa, por agachar la cabeza! (Xaudaró).



Agachar la cabeza es condición necesaria para que se destroce la vajilla, pero ni con mucho, salvo que intervenga la magia, es con­dición suficiente.



Una amiga— Ayer me sentó fatal la langosta.

La otra— ¡Qué raro! Sería otra cosa. Yo también comí langosta y no me hizo daño.



Comer langosta es una condición necesaria, no suficiente. Ni siquiera que esté contaminada forma una condición suficiente: varía mucho la sensibilidad individual a los tóxicos (condición necesaria). Si juntamos las tres, se da la condición suficiente: ha comido langos­ta, en mal estado, una persona sensible.





b). Falacias que olvidan alternativas. La falacia post-hoc.



Aquí se incluyen todos los errores causales producidos al interpretar precipitadamente cualquier relación como si fuera causal. Se agrupan bajo la denominación genérica de Falacia post hoc.[2] Puede cometerse de varias maneras:







1. Por sentar una relación causal a partir de una coincidencia.



La sucesión o coexistencia de dos hechos conforma el punto de partida de cualquier razonamiento causal, pero no basta. También es la principal fuente de sus errores, en especial cuando el número de observaciones resulta insuficiente, como suele ocurrir en la mayor parte de nuestros argumentos cotidianos. Lo más probable es que se trate de una coincidencia.



Por ejemplo:



Usted es un incurable cabeza loca porque nació cuando el Sol se paseaba por delante de la constelación de Acuario en presencia de Urano.



Cuando mi tío se fue a vivir a La Mancha, dejó el café y se pasó al poleo. No te puedes figurar lo que mejoró su asma.



Nuestra cordial enhorabuena, pero la mejoría del asma nada tiene que ver con el poleo ni con el café. Todos los asmáticos mejoran en un clima seco como el de La Mancha. Con el mismo fundamento se puede atribuir el éxito en la vida a nacer en Jueves. Que dos cosas aparezcan juntas no significa sino que han aparecido juntas.



— Siempre que lavo mi coche se pone a llover.

— ¿Y cuando no lo lava?

— También llueve.

— ¿Y a qué lo atribuye?



Es el error más frecuente en la argumentación causal. Responde al mismo defecto mental que las generalizaciones precipitadas. De hecho es la generalización precipitada de una asociación de sucesos. La utilizamos sin pudor para atribuir culpas a quien no corresponden:



Piove ¡porco governo!.

No hay dinero para pensiones porque se lo gastan en armamento.



Se refuta con facilidad demostrando que no existe una relación significativa, o sea, que estamos ante una coincidencia. No es difícil probar que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa, o que está producido por otra causa distinta de la que se pretende:



— ¿Cuánto tarda en curar la gripe con esta medicación?

— Una semana.

— ¿Y sin ella?

— Siete días.



Es el mismo error que cometemos cuando nuestra observación de la realidad es incompleta:



Las riadas se llevan los puentes nuevos, pero no pueden con los puentes romanos. Es evidente que se hunden los puentes porque no se construye hoy como antaño.



Esto sería cierto si los puentes romanos, en general, se mantuvieran en pie, cosa que no ocurre (la mayoría de los puentes romanos se han hundido), y, por el contrario, los puentes nuevos, en general, se hundieran, lo que tampoco es verdad. Estamos ante una generalización precipitada.



Lo mismo ocurre cuando nos dicen que el consumo de marihuana favorece el paso a drogadicciones más duras porque el 75% de los drogadictos comenzaron fumando marihuana. ¿Qué ha ocurrido con esa probable mayoría de fumadores que no se han convertido en adictos a otras drogas?





2. Por confundir la causa con el efecto (inversión de la causa).



El gimnasio no es bueno para adelgazar, está lleno de gordos.



¿El gimnasio engorda?



Una funcionaria de la oficina de empleo a otra— No me extraña que estos tipos no con­sigan empleo. ¿Has visto qué gente más irritable?



¿No será, al revés, que estén irritados por la falta de empleo?



Dos aborígenes australianos van a Estados Unidos y ven por primera vez a un hombre practicando el esquí acuático, serpenteando y dando saltos alrededor del lago.

— Por qué va tan de prisa el barco? —pregunta uno de los aborígenes.

— Porque le persigue el loco de la cuerda —contesta el otro.[3]





3. Por olvido de una causa común.



Existe una correlación entre el consumo de agua mineral y la salud de los niños.



Esto no puede servir para bendecir el agua. Hay una causa común para ambos fenómenos. Los niños que consumen agua mineral son más pudientes y disponen no sólo de agua sino de un conjunto de elementos (comida, ropa, educación) que contribuyen a su mejor salud.



Los niños de brazos más largos razonan mejor que los de brazos más cortos.



Sin duda razonan mejor y tienen los brazos más largos los niños de más edad.



He decidido no dormir más en una cama. Casi todo el mundo muere en la cama.



La enfermedad produce ambas cosas: guarda cama y morir.





4.Por no considerar la existencia de un intermediario.



Es otra forma de simplificación.



El causante del Mal de las Vacas Locas es el afán de lucro.



Si ponemos las cosas en sus justos términos, deberemos decir:



El afán de lucro, más el desprecio de la ley, han suscitado el empleo de piensos cárnicos infectados, y estos han provocado el Mal de las vacas locas.



Ahora está más claro qué es lo que debemos combatir. Si el afán de lucro no se asocia con otra condición necesaria, no hace daño por sí mismo.



Ni el tabaco ni el alcohol ni la carretera matan, como no matan los cuchillos.





5. Por encadenar las causas injustificadamente.



Si no llueve, habrá que regar el jardín y el niño se mojará los pies con el agua de la manguera, de lo que resultará una inflamación de garganta. De manera que, si no llueve, tendremos al niño enfermo.



Debiera decir:



Si no llueve, habrá que regar el jardín (necesariamente), y el niño tal vez se moje o tal vez no se moje los pies, de lo que puede resultar, o no resultar, una infección de garganta. De manera que, si no llueve, sabe Dios lo que pasará con el niño.



Siempre que se utilizan cadenas argumentales cabe la posibilidad de que se nos cuele algún eslabón inadmisible. No le sorprenda que alguien pretenda hacer pasar como explicación razonable una cadena causal fantástica:



El jamón hace beber y el beber quita la sed; ergo el jamón quita la sed (Montaigne)[4]



Como dice Montaigne: Haga el discípulo burla de tales cosas. Es más sagaz burlarse que contestarlas. He aquí el argumento más brillante de Fray Gerundio de Campazas:



Santa Ana fue madre de María; María fue madre de Cristo; luego santa Ana es abuela de la Santísima Trinidad.



A este grupo corresponde la Falacia de la pendiente resbaladiza o Falacia del dominó.



Hijo, basta con una copa para iniciar el camino del alcoholismo. El primer paso es crucial. Si lo pruebas y te gusta, querrás más y cuanto más consumas más dependiente te harás, hasta acabar completamente alcohólico. Hazme caso: lo he visto muchas veces.



Se pretende que las cosas ocurren como al que tropieza en un escalón y no cae al siguiente, sino que rodando recorre todos los peldaños hasta el final de la escalera.



Si usted permite la eutanasia en este caso en que parece justificada, entonces cualquier paciente que no esté en una situación terminal podrá escoger esta forma de suicidio legal, y, a continuación, cualquier persona simplemente deprimida podrá decidir el fin de su vida con ayuda médica.



En una mala cadena, como ocurre en estos ejemplos, no se justifican los pasos. Se traen las conclusiones por los pelos y como mejor convenga.



Un camionero llama a la radio para protestar por una tractorada que bloquea las carreteras: ¡No me dejan trabajar! Si no trabajo una semana, no llego a fin de mes. Si no llego a fin de mes dejo sin pagar una letra. Si dejo sin pagar una letra me embargan el piso. Si me embargan el piso, me deja mi mujer. Si me deja mi mujer, tengo que pegarme un tiro.





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En Resumen:

Distinguimos dos variedades en las falacias de Falsa Causa:

a. Falacias por confusión de condiciones que consiste en atribuir la responsabilidad causal a una condición necesaria.

b. Falacias del post-hoc que establecen una relación causal sin otro fundamento que la aparición simultánea o sucesiva de dos hechos. Se puede producir por:

1. no descartar la casualidad.

2. inversión de la causa, cuando se confunden causa y efecto.

3. olvido de una causa común.

4. no considerar la existencia de un intermediario.

5. encadenar las causas injustificadamente.

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(c) Ricardo García Damborenea.

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[1] Tradicionalmente se la conoce como falacia de non causa pro causa (tomar por causa lo que no es causa).

[2] Su nombre deriva de la antigua denominación de la falacia: Post hoc, vel cum hoc, vel sinae hoc, ergo propter hoc, que para nosotros significa: Tras esto o con esto o sin esto, luego a causa de esto. También se la denomina Falacia de correlación accidental.

[3] Paulos.

[4] Montaigne: I, XXV, De la educación de los niños.

Falacia de la COMPOSICIÓN.

Falacia de la COMPOSICIÓN. Se produce cuando atribuimos a un conjunto cosas que solamente son cier­tas en las par­tes. Venimos a decir: como todos los componentes son buenos (o malos), el conjunto ha de ser bueno (o malo).



Por fuerza se trata de una orquesta magnífica porque todos los profesores son extraordinarios.


Los directores saben muy bien que no es así. Una cosa es in­ducir que todos los profesores son extraordinarios y otra, transformar esa conclusión en algo distinto: el todo, el conjunto, es extraor­dinario. Es­tamos ante una variedad de la Falacia de Conclusión desmesurada. No se pueden tras­ladar las vir­tudes de los in­dividuos al con­jun­to (¡qué más quisiera el Real Madrid!). Lo que se predica de las partes no siem­pre puede predicarse del todo. Una buena colec­ción de frases no hace un buen libro. Cosas que son ciertas separadas no tienen por qué serlo cuando aparecen unidas. La sal común, pese a que sus com­ponentes, cloro y sodio, son tóxicos, es in­dispensable para la vida. Los her­manos Álvarez Quintero eran brillantes cuan­do escribían juntos y mediocres si lo ha­cían por separado. A los hermanos Machado les ocurría lo contrario.



La Iglesia es la Iglesia de los pobres, luego la Iglesia es pobre.

Ignoro por qué la salsa no es buena. Todos sus ingredientes son deliciosos.

El equipo del River Plate tiene madre, porque todos sus jugadores la tienen.



El caso opuesto se da en la Falacia de la División, según la cual las partes disfrutan las propiedades del todo.



Debe ser muy buen jugador, porque está en un equipo magnífico.

Es un gobierno dubitativo. Se ve que sus ministros son in­decisos.



Bien pudiera ser que no se pongan de acuerdo entre ellos.



Juana es un encanto, luego su nariz es un encanto.



Opinaremos cuando la veamos.






(c) Ricardo García Damborenea.

FALACIAS.

FALACIAS. Los diversos modos de discurrir mal, se llaman SOFISMAS, SOFISTERIAS o FALACIAS.



Las causas de los errores.

1. Abandono de la racionalidad.

2. No discutir la cuestión en litigio.

3. No respaldar lo que se afirma.

4. Olvidos y confusiones.



















En las polémicas ocurre como en la medicina: nadie per­sigue los errores, sino los malos resultados.








Definición.



Los argumentos sirven, como sabemos, para sostener la verdad (verosimilitud, con­veniencia) de una conclusión. Con frecuencia, sin embar­go, los construimos mal, con lo que su finalidad no se alcan­za. También con frecuencia, empleamos argumentos aparentes con el fin de engañar, distraer al adversario o des­calificarlo. A todas las formas de argumentación que encierran errores o per­siguen fines espurios, los llamamos falacias. El término procede del latín fallatia, que sig­nifica engaño, y lo empleamos como sinónimo de sofisma, palabra que acuñaron los griegos para designar el argumento en­gañoso.



Ya se ve que la terminología es imprecisa porque mezcla errores de razonamiento (por ejemplo una generalización precipitada), con maniobras extra-argumentales (por ejemplo un ataque personal), e incluye también los falsos argumentos que se emplean con la inten­ción de en­gañar o desviar la atención (por ejemplo la falacia ad ignorantiam, la pista falsa o las apelaciones emocionales). Todos tienen una cosa en común: adop­tan la apariencia de un ar­gumento e in­ducen a aceptar una proposición que no está debidamente jus­tificada. Unas veces nos engaña nuestro juicio y otras las mañas de nuestro interlocutor.



Ocurre con las falacias como con los dioses del panteón greco-romano: son tantas y con parentescos tan embrollados que cualquier intento de clasificación resulta inútil. Desde que Aristóteles redactara sus Refutaciones Sofísticas hasta hoy, no han aparecido dos libros sobre esta materia que recogieran el mismo or­denamiento. Es mucho más fácil clasificar insec­tos porque plantean menos problemas con­cep­tuales y están mejor definidos. Los fallos ar­gumentales, por el contrario, son es­curridizos y ubicuos: un mis­mo error puede constituir varios sofismas a la vez. Aquí no vamos ni siquiera a esbozar una clasificación. Nos limitaremos a ex­poner las falacias más frecuentes en orden al­fabético para facilitar su consulta.





a. De dónde proceden nuestros escasos errores y los infinitos de los oponentes.



Las falacias con que tropezamos habitualmente se pueden atribuir a cuatro fuentes o tipos de error, de los que derivan todas:



1. Abandonar la racionalidad.

2. Eludir la cuestión en litigio.

3. No respaldar lo que se afirma.

4. Olvidos y confusiones.





1. El abandono de la racionalidad.



Se produce de varias maneras:



- cuando nos negamos escuchar argumentos que pudieran obligarnos a modificar una opinión que estimamos irrenun­ciable, es decir, cuando no es­tamos dispuestos a ser convencidos. Así ocurre, por ejemplo en la Falacia ad baculum y en la Falacia ad verecundiam.



- cuando disfrazamos la realidad con triquiñuelas como la Ambigüedad o las Preguntas múltiples.



- cuando tomamos la exigencia de prueba como una cuestión personal y respondemos desviando la cuestión con un Ataque personal, o una Pista falsa.





2. No discutir la cuestión en litigio.



Lo más importante en cualquier dis­cusión es saber de qué se discute. Son muy frecuentes los errores motivados por­que se abandona (o per­mitimos que se abandone) la cuestión para introducir otro debate. Cuando esto sucede decimos que se incurre en una falacia de Eludir la cuestión. Se trata de una maniobra que caracteriza el Ataque personal, la falacia casuística, la Pista falsa y las apelaciones emocionales del Sofisma patético.





3. No respaldar lo que se afirma.



Quien sostiene una afirmación contrae dos obligaciones: no eludir la car­ga de la prueba y apor­tar razones suficientes. Se incurre en ar­gumen­tación falaz tanto cuando no se sostiene lo que se afirma (falacias del Non sequitur, la Afirmación gratuita, o la Petición de principio), como cuando se traslada la carga de la prueba, que es el caso de la falacia ad ignorantiam.





4. Olvidos y confusiones.



Aquí se agrupan los fallos propiamente lógicos, aquellos en que olvidamos alternativas o con­fundimos conceptos. Si un jugador de ajedrez responde siempre con el primer movimiento que le viene a la cabeza, cometerá errores sin número por olvido de alter­nativas. Del mismo modo, si confunde un gambito con el en­roque, tam­poco llegará muy lejos.



El Olvido de alternativas es la madre de numerosas falacias y se da con muchísima frecuencia, por ejemplo en las generalizaciones y disyunciones.



La confusión de conceptos es otra madre de falacias y deriva de nuestros errores al diferenciar ideas como esencia y accidente, regla y excepción, todo y parte, ab­soluto y relativo, continuo y cambio, de lo que surgen las falacias del Accidente, del Secundum quid, de Composición, y del Continuum.





b. El ataque a la falacia.



Nos pasa con los sofismas lo que con los juegos de manos: aunque sabemos que hay un truco no podemos explicarlo. Cada sofisma, como veremos, requiere una respuesta peculiar, pero se pueden señalar al­gunas sugerencias generales.



1º. La mejor forma de combatir un mal argumento es dejar que se hunda solo. Para ello lo más sencillo es reconstruirlo en su forma están­dar, con lo que sobresaldrán sus contradic­ciones o sus carencias.



2º. Lo peor que se puede hacer es emplear la palabra falacia o agitar latinajos. A nadie le gusta que le acusen de falaz. Es un tér­mino cuasi insul­tante que tal vez suscite algún arrepen­timiento contrito pero que, general­mente, provoca un contraataque feroz e irracional que puede hundir el debate. Existen vías más sutiles para infor­mar a los contrincantes de que han resbalado en su razonamiento. No merece la pena malgastar tiempo en una descripción téc­nica del error que, como los latines, no entenderá nadie. Es mejor limitarse a señalar el fallo en las premisas, la conclusión o la inferencia.



3º. Siempre son muy eficaces los ejemplos, especialmente cuando son absur­dos. Aquí hemos procurado facilitar una abundantísima munición que se puede utilizar como está o inspirarse en ella para fabricar otros.



4º. Con mucha frecuencia un mismo error puede ser clasificado en diversos modelos de falacias. Determinado ataque personal, por ejemplo, pudiera considerarse como falacia ad hominem, ad con­secuentiam, ad verecundiam, ad populum, pista falsa, sofisma patético o apelación al tu quoque. No tendría sentido enumerarlas. Lo más eficaz es limitarse a denunciar aquélla que parezca más flagrante, esto es, más comprensible para la audiencia.



No recogemos todos los errores imaginables sino los que, por su frecuen­cia, han recibido un nombre, a veces en latín (prueba de su abolengo). No es preciso que uno se los aprenda. Lo importante es diferenciar los errores, aunque hemos de reconocer que las eti­quetas ayudan a dis­tinguir, comprender y, sobre todo, a conservar la memoria de las cosas.



(c) Ricardo García Damborenea.

Falacia del ACCIDENTE.

Falacia del ACCIDENTE. Se comete al confundir la esencia con el accidente, lo sustancial con lo adjetivo. Incurre en ella, por ejemplo, quien juzga por las apariencias.



Mefistófeles— Cala sobre tu cabeza una peluca de miles de bucles, calza tus pies con coturnos de una vara de alto, que no por ello dejarás de ser lo que eres.



Como es sabido, el hábito no hace al monje y aunque la mona se vista de seda... Todo esto viene a decir lo mismo: que las cosas tienen esen­cia y ac­cidentes.



Esencia es la substancia de una cosa, lo que no se puede suprimir sin alterar el concep­to; lo inherente, lo necesario, y tam­bién lo universal, por­que es en lo que coin­ciden todos los in­dividuos del mismo género. Un trián­gulo es, esencial­mente, un polígono de tres lados. Como todos los conceptos, presenta un aire abstracto, fan­tasmal e invisible has­ta que se reviste de acciden­tes: triángulo de tiza, de bronce, de flores, azul o verde, tieso o tum­bado, isósceles o escaleno. Puede adoptar muchas presencias accidentales, pero lo común, lo inseparable, lo que se predica de todas es su esencia: un polígono de tres lados. Percibimos las cosas por sus accidentes y es preciso desnudarlas para conocer­las, para descubrir su meollo, aquello que permanece bajo los cam­bios de aparien­cia: la substancia, esto es, lo que sostiene los ac­cidentes (del latín substare = estar debajo).



Accidente (del latín accidere = sobrevenir a) es lo que par­ticulariza las cosas, lo añadido, lo sobrevenido. El accidente puede faltar, no es necesario para el concepto; es contingente, yuxtapuesto. Como ocurre con los trián­gulos, las notas variables de los individuos de una misma especie son ac­ciden­tales.





La Falacia del accidente se comete por tomar una propiedad accidental como esencial, lo que conduce a errores al generalizar y al definir: un triángulo es un polígono verde. Atribuimos como esencial a todos los individuos de una especie una cualidad que sólo conviene ac­cidentalmente a algunos de ellos.



Platón era filósofo, pero no por sus facultades dialécticas, como Hipócrates era médico, pero no por su elocuencia. También yo puedo ser filósofo y cojo al mismo tiempo, y sin embargo, no habíais de imitarme en la cojera para ser filósofos. Epícteto.



La definición por los accidentes traiciona el concepto, como ocurre cuando se define la democracia por la educación y la seguridad social. Si definiéramos las aves como vertebrados que vuelan, no serían aves ni los pingüinos ni el Pato Donald, pero podrían serlo Dumbo y los murciélagos.



Si hubiera que juzgar a los filósofos por su barba, lo más justo sería poner a la cabeza de todos un macho cabrío.[1]



Es una falacia muy próxima a la Generalización precipitada. La mayoría de las Falacias del ac­cidente se cometen al generalizar a partir de los ac­cidentes de las cosas, lo que ocurre con más facilidad cuando los datos son in­suficientes: Todos los españoles bailan flamenco. No es preciso bailar flamenco para ser español. Estamos ante un carácter accidental, que puede darse y no darse. Si juzgo todas las tuber­culosis según los acciden­tes que la carac­terizan en mi bisabuelo, construiré una falsa generalización que no comprenderá la mayor­ía de las tuberculosis que rondan el planeta. Si con­sidero esencial que Homero fuera poeta, podré afirmar que todos los hombres son poetas.



Extraer conclusiones a par­tir de cosas que sólo son ciertas acci­dental­mente, es lo que hacen tantas personas que generalizan a deter­minadas profesiones (jueces, polic­ías, periodistas) el abuso en que puedan haber incu­rrido al­gunos de sus miembros:



Todos los jueces están comprados.

Los políticos son unos golfos



Olvidan que lo mismo puede argumentarse sobre los cuchil­los de cocina, los medicamentos o la liber­tad de prensa. El abuso no es ar­gumento contra el uso. Es la falacia del que juzga la feria, no por lo sus­tancial, sino según le va en ella.



— ¿Qué mayor prueba de que nada aprovecha la filosofía que el que algunos filósofos vivan torpemente?

— No es eso prueba alguna; pues, como los campos, no todos los que se cultivan son fértiles.[2]













(c) Ricardo García Damborenea.





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[1] Luciano: El eunuco. En esta divertida historia, Luciano bromea con las derivaciones genitales que suscita en Atenas la oposición a cátedra de un eunuco: ¿tiene o no tiene miembro el aspirante? ¿es preciso el miembro para filosofar?.

[2] Cicerón. Tusculanas, II,5.

Falacia de AMBIGÜEDAD, del equívoco o de anfibología.

Falacia de AMBIGÜEDAD, del equívoco o de anfibología. Se produce cuando en un mis­mo ar­gumento se emplean palabras o frases en más de un sen­tido, como ocurre en este ejemplo con la palabra igual:



Los sexos no son iguales, los derechos no pueden ser iguales.



No se habla de la misma igualdad a lo largo del argumento. Primero se em­plea en su acepción de identidad (biológica) y más tarde en su acep­ción jurí­dica (igualdad ante la ley). La ambigüedad utiliza conceptos diferentes que compar­ten una expresión común. La lengua está llena de vocablos polisémicos a los que cada uno puede dar un sentido distin­to.



Toda persona que ocasiona una herida a otra es un delincuente.

Todo cirujano ocasiona heridas a otras personas.

Luego todo cirujano es un delincuente.



Confunde la acción de matar o hacer daño y la intervención quirúr­gica efec­tuada con el propósito, enteramente opuesto, de lograr la curación de un enfer­mo y salvarle la vida. Con el mismo fundamen­to podría acusarse de caní­bal a quien se come un brazo de gitano.



Idéntica falacia comete quien con­funde responsabilidad penal y responsabilidad política: No asumiré ninguna responsabilidad hasta que lo pruebe un tribunal. a responsabilidad jurídica presupone la inocencia hasta que se demuestre lo contrario. La responsabilidad política se basa en la confianza de los ciudadanos y es compatible con la inocencia. Bajo el amparo de esta falacia se producen paradojas: personas que han dimitido de su cargo porque no eran dignas de la con­fianza (pública), han recibido otro cargo porque eran dig­nas de la confian­za (del gobier­no).



— ¿Cómo afirma usted que sea cierto que sus latas de conserva llevan mitad de liebre y mitad de caballo?

— Porque es verdad, señor juez. Yo siempre mezclo una liebre y un caballo.



¿Qué significa mitad y mitad? Para evitar (o combatir) esta ambigüedad semántica, se re­quiere precisar el significado de cada uno de los términos de las premisas y asegurarse de que no varían a lo largo de la inferen­cia.



Las conversaciones cotidianas abundan también en construc­ciones gramaticales e­quívocas que dan lugar a malentendidos por am­bigüedad sintác­tica, como sucede en las siguientes:



Juan le dijo a Pedro que tenía mal aspecto.

Juan le dijo a Pedro que debiera atender a su madre.



¿Cuál de los dos tenía mal aspecto? ¿De qué madre se trata?



Durante la noche pasada se han registrado dos grados bajo cero en León y uno más en Burgos.



Dos pastores protestantes hablan del triste estado de la moral sexual de hoy en día:

— Yo nunca me acosté con mi mujer antes de que nos casáramos. ¿Y usted?.

— No estoy seguro. ¿Cómo se llama?[1]



Una tercera forma de equívoco se produce a través de sobreentendidos:



Gutiérrez ha llegado hoy al trabajo completamente sobrio.

¿Cómo hay que entender esto? ¿Señala una situación excepcional o relata lo que ocurre todos los días?



Hoy ha dicho la verdad el Presidente.




(c) Ricardo García Damborenea.





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[1]Paulos. Pienso, luego río.

Falacia de la AFIRMACIÓN GRATUITA.

Falacia de la AFIRMACIÓN GRATUITA. Como su nombre in­dica, se comete cuando no se da razón de las propias afir­maciones. Abunda más que la hier­ba en Galicia. Cualquier conversación está plagada de juicios incon­sis­tentes sin otro apoyo que el én­fasis con que se enun­cian.



No sólo tienen derechos los seres humanos. Los perros también los tienen.



¿Qué razones se aportan en apoyo de afirmación tan sorpren­dente? Nin­guna.



Bentham llamó a este sofisma Ipsedixitismo (del latín ipse: él mis­mo, y dixit: dijo), que equivale a nuestra expresión: lo dijo Blas, punto redondo. Se puede incluir con todo mérito entre las falacias de elusión de la Carga de la prueba.



Se emplea menos donde cabe el riesgo real de ser replicado con dureza, como ocurre en la vida parlamentaria, pero es muy frecuente donde no existe tal ries­go, como sucede en la prensa escrita, muy especialmente en los editoriales y en las columnas de opinión y, por encima de todo, en las tertulias radiofónicas. Carac­teriza la propagan­da y la publicidad, en cuyos mensajes importa más la sugestión que las razones.



Vamos a ver de qué trata este escrito que tan certera y duramente he criticado. (Min­gote, en ABC).

(c) Ricardo García Damborenea.

Falacia del ANTECEDENTE.

Falacia del ANTECEDENTE. Se comete cuando en un argumento condicional se niega el antecedente. Por ejemplo:

Si es madrileño, es español.

El Cid no es madrileño.

Luego El Cid no es español.



Se ha señalado como condición para ser español la de ser madrileño. Bien se ve que se trata de una condición suficiente, es decir, compatible con otras igualmente suficientes: se puede ser español por muchos caminos. Pero lo que nos impide argumentar negando tal condición es que no es necesaria: se puede ser español sin ser madrileño. Si lo fuera tendría valor negarla. La falacia consiste, precisamente en tratar una condición suficiente como si fuera una condición necesaria.



Al negar una condición suficiente no cabe concluir nada. El consecuente puede darse gracias a otras condiciones igualmente suficientes. El juicio condicional se limita a señalar que, si se cumple una condición, estamos autorizados para afirmar algo, pero no autoriza nada en otros supuestos.



Si se convoca una huelga de autobuses tendremos problemas de tráfico.

NO han convocado la huelga,

Luego no tendremos problemas de tráfico.



¡Qué más quisiéramos! Pueden producirse atascos circulatorios por otras razones. El argumento sería correcto si concluyera como Pero Grullo: no tendremos problemas de tráfico a causa de la huelga de autobuses.

En esquema:



Si A, entonces B

X no es A

Luego X no es B



Si alguien toma cianuro, se morirá.

La abuela no ha tomado cianuro,

Luego no morirá.

(c) Ricardo García Damborenea.

Falacia del ATAQUE PERSONAL.

Falacia del ATAQUE PERSONAL. Grupo de falacias que desvían la atención del asunto que se discute hacia la persona del adver­sario o sus cir­cunstancias.



Cuando se trata, como es habitual, de sostener afirmaciones in­demostra­bles o decisiones basadas en conjeturas, cobra extraordinario valor per­suasivo el pres­tigio de la persona que da el consejo o hace la propuesta. En los casos dudosos (es decir, en la mayoría), concedemos la razón con más facilidad a aquellos en quienes confiamos, sean médicos, asesores fis­cales, fabricantes de quesitos en porciones, o políticos. Más del 50% de la per­suasión nace de la con­fianza que inspire el consejero.



Un razonamiento que procede de gente sin fama y el mis­mo, pero que viene de gente famosa, no tienen igual fuerza.[1]



Ahí radica la fortaleza de un político, pero también su punto vul­nerable. La difamación es tan frecuente en la vida pública por­que los políticos compren­den instintivamente la necesidad de ar­ruinar el crédito moral de sus adversa­rios. En un dirigente sin pres­tigio los argumentos parecerán argucias, las emociones farsa, y la sin­ceridad, hipocresía. De aquí procede un componente inevitable de la acción política: la batalla por la imagen propia y el desprestigio de la ajena que, a veces, convierte las locuciones públicas en simples variaciones de un único mensaje sustan­cial: yo propongo lo más justo y mi oponente es un felón.



Hay dos argumentos falaces o pseudoargumentos que atacan direc­tamente al adversario: la Falacia ad hominem y la Falacia del Muñeco de paja. Son pseudoar­gumen­tos porque nin­guno refuta las afir­maciones del contrincan­te. El primero se limita a descalificarlo como per­sona y el segundo forja un oponente imaginario fácil de tumbar. Son tam­bién, como se ve, ejemplos de la Elusión de la carga de la prueba.











(c) Ricardo García Damborenea.


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[1] Eurípides: Hécuba.